Un repaso honesto a las decisiones que tomamos después de ver los primeros datos del rediseño de una tienda de cerámica artesanal en Valencia.
Cuando cerramos la primera revisión del proyecto, teníamos sobre la mesa tres semanas de grabaciones de sesión, un mapa de customer journey con más huecos de los que esperábamos y una lista de hipótesis que ya no encajaba con lo que veíamos. No era un mal resultado: era el resultado normal de mirar de cerca. Lo interesante vino después, al decidir qué hacíamos con todo eso.
El primer cambio afectó al funnel de compra. Habíamos asumido que la fricción estaba en el paso de pago, pero las sesiones mostraron que la mayoría de abandonos ocurría antes, al comparar acabados y plazos de envío. Reordenamos la ficha de producto para que esa información apareciera sin scroll y dejamos el checkout como estaba. Menos vistoso, mucho más útil.
El segundo cambio fue de método. La persona principal que habíamos definido al inicio se sostenía mal: agrupaba a compradores ocasionales con interioristas que hacían pedidos recurrentes. Las separamos en dos perfiles con criterios distintos y reescribimos los KPI del trimestre para reflejar esa diferencia. Un KPI que mezcla dos comportamientos no sirve para priorizar nada.
El tercer ajuste tocó el roadmap. Teníamos previsto un configurador de piezas a medida para el segundo trimestre. Tras la revisión, lo movimos al cuarto y adelantamos una mejora del buscador interno. La razón fue sencilla: el configurador resolvía un problema que casi nadie había planteado en las entrevistas, mientras que el buscador aparecía mencionado en la mitad de las sesiones.
Queda una lección que repetimos en cada proyecto: la primera revisión no confirma el plan, lo pone a prueba. Si al terminarla no hemos cambiado al menos una prioridad, probablemente no hemos mirado con suficiente atención.